La reinvención del estado y el Estado Plurinacional.

Les invitamos a revizar este exelente texto de Santos Boaventura sobre el movimiento indigena  y los estados plurinacionales.

La reinvención del Estado y el Estado plurinacional

Este texto esta escrito en la importate coyuntura Boliviana, donde los hermanos Bolivianos estan impulsando la propuesta de refundar su Estado considerando la plurinacionalidad que hay dentro de este.

Mi propósito es el de contribuir con alguna clarificación analítica sobre el contexto internacional y continental en que este cuestionamiento al Estado y la democracia ocurre en vuestro país y, sin duda, en otros países vecinos del continente…

(ya casi al final Boaventura dice) .... Una cosa es cierta. Un miembro de una cultura solamente está dispuesto a reconocer a otra cultura si siente que su propia cultura es respetada; y esto se aplica tanto a las culturas indígenas como alas no indígenas. Entonces, ustedes, con este reconocimiento recíproco que tome en cuenta todo el desconocimiento histórico recíproco y las injusticias históricas de ese desconocimiento, pueden colocar al país en un nuevo marco. En un marco bastante positivo y muy democrático, en una democracia de alta intensidad. Necesitamos inventar la democracia en el sentido intercultural y el Estado en el sentido plurinacional, porque el Estado liberal moderno no va a volver. Su crisis es irreversible y, por eso, lo peor que puede pasarnos es que nosotros no seamos capaces de vivir este período con gran intensidad democrática y con un sentido más profundo, más amplio, más inclusivo de lo que es la bolivianidad.

* El texto esta tomado de: Santos, Boaventura de Sousa 2007 “La reinvención del Estado y el Estado
plurinacional” en OSAL (Buenos Aires: CLACSO) Año VIII, Nº 22, septiembre. Pueden consutar todo el texto en la biblioteca vitual de CLACSO.

Reflexión sobre el potencial transformador de los zapatistas

El zapatismo: indios insurgentes, alianzas y poder
Álvaro García Linera[1]
Hay momentos en la historia que un determinado acontecimiento logra sintetizar los problemas fundamentales que caracterizarán una nueva época que está despuntando. En estos casos, el acontecimiento es la señal más lúcida de un largo período de procesos históricos que tendrán en el acontecimiento inaugural un punto recurrente de referencia, independientemente de la continuidad, el éxito o fracaso de esa experiencia iniciadora. El movimiento zapatista de México es precisamente ese tipo de acción colectiva que ha tenido la virtud de condensar el nuevo rostro de los antiguos, y las características de los nuevos problemas que las luchas emancipatorias están confrontando en este período histórico de renovada expansión planetarizada de capital y de fracaso de las alternativas estatalistas de los “socialismos reales”.
La rebelión de los indios zapatistas iniciada hace 10 años no sólo ha sido capaz de cuestionar el triunfalismo de una globalización financiera desenfrenada, sino que también ha desplegado un tipo de crítica práctica a varios de los límites de algunos de los antiguos modelos con los que se intentó dirigir y entender las luchas sociales. Con todo hay un hecho sintomático del accionar zapatista y es que ha partido de una ubicación geoestratégicamente paradojal: el Chiapas mexicano que, por una parte, es una región colindante al centro territorial de la hegemonía mundial y articulada a las estrategias de seguridad estatal norteamericana, pero, por otro lado, es también una zona indígena marginada de los procesos de modernización económica y homogeneización cultural resultantes de este dominio civilizatorio del capital. Esto quizá explique esa extraordinaria mezcla entre tradición y modernidad, entre acción comunicativa y acción normativa, entre el pasado y el porvenir con la que continuamente los zapatistas dialogan con el mundo y consigo mismos.
El regreso de los indios
No es pues casual que el zapatismo, y su repercusión mundial, provengan del mundo indígena ya que es en ese sujeto producido por la realidad colonial de la historia moderna que se aglomeran los momentos primigenios del capitalismo y los límites de su utopía universalista. ¿No son acaso los indios quienes generaron el excedente económico de la acumulación originaria europea, que es el punto de arranque de todos los capitalismos posteriores y de todas las medidas geopolíticas de la expansión de la lógica industrial?
El propio desarrollo capitalista en nuestro continente fue posible mediante la proletarización de los indios, allí donde fue posible, o de su extinción, allí donde fue necesario para la territorialización de la lógica empresarial. Pero, ¿no son también los indios los sujetos donde se renuevan y perseveran las tendencias comunitaristas, tanto en la política como en la economía, susceptibles de proyectarse como fuerzas alternativas a la valorización del capital?
Se puede decir por tanto que la indianitud está estructuralmente ligada a la dinámica mundial del capitalismo, a sus fuentes, a sus fines y a sus límites contemporáneos. De ahí su desgracia y su poder pues el engranaje de la civilización industrial ha sido cimentado sobre los restos de las civilizaciones indígenas de todos los continentes, pero a la vez es esa misma dinámica del capital que tiene en los restos de las civilizaciones indias algo en lo que no se puede identificar, algo que no es su prolongación ni su reflejo, tal como el trabajo vivo que es directamente no-capital o el obrero que se valoriza a sí mismo al momento en que no se desea como capital variable. Es este poder generalizante de la indianitud que el zapatismo ha sabido entender y proyectar como fuerza moral y práctica de resistencia y emancipación social. Y en ese sentido, se puede hablar de una contribución y una continuidad del zapatismo insurgente con los ciclos de luchas indias, de décadas y de siglos atrás.
En sentido estricto el zapatismo no inaugura la época de las rebeliones indias del continente; estas venían produciéndose con mayor o menor intensidad en Guatemala, E c u a d o r, Bolivia o Chile desde años antes de la emergencia pública del zapatismo y, de hecho, hay muchas de esas experiencias recogidas a su modo por los insurgentes indígenas del sudeste mexicano. En cierta medida se puede afirmar que desde los años ‘70 del siglo XX, hay un notorio regreso de indios, o una reinvención del indio como sujeto político con proyecto propio de reforma de la sociedad. Pero los zapatistas son unos continuadores dignos y enriquecedores de esta iniciativa transnacional de renovación de las esperanzas de modos de vida sustitutivos al orden civilizatorio del capital.
De hecho, no hay movimiento indígena, anterior o posterior al zapatismo, que no reconozca la contribución que el zapatismo ha hecho a la revalorización de las culturas indígenas y al reposicionamiento del sujeto indio como portador de un horizonte descolonizador y emancipatorio
complementario al de los otros sujetos colectivos de la subalternidad planetaria. Entre los aportes principales del zapatismo a la causa indígena está el haber mostrado a otros lugares del mundo donde anteriormente no llegaban los movimientos indios, la existencia de una lógica organizativa de la toma de decisiones, la democracia comunitaria, fundada en una ética de la participación y el compromiso con la cosa pública capaz de impedir la suplantación y la expropiación de las decisiones sociales por parte de los “profesionales de la política”, tan común en las democracias liberales.
Otro aporte es el de haber enriquecido el debate entorno a las formas de reconocimiento de derechos colectivos de los pueblos indios. Es sabido que los estados latinoamericanos, desde su fundación, se han caracterizado por una tajante mono-culturalidad promotora de procesos de
exclusión y racismo hacia los pueblos y naciones indígenas. La historia republicana de los estados latinoamericanos ha estado marcada por una deliberada política de desindianización de las sociedades, ya sea por medio del genocidio o múltiples variantes del indigenismo estatal cuyo objetivo era reeducar a los indios para una transculturalización pausada hacia los moldes mestizo castellano-hablantes estatalmente legitimados.
Los movimientos indígenas modernos desde décadas atrás han buscado promover, en algunos casos, reformas estatales para incorporar distintos reconocimientos y derechos culturales de sus pueblos y, en otros, donde los indígenas son mayoría social, han desplegado luchas con objetivos más radicales como la constitución de gobiernos indígenas. En este debate, las reivindicaciones político-territoriales bajo la forma de autonomías indígenas promovida por el zapatismo, se presentan como una opción intermedia entre el “reformismo” y el “radicalismo” indianista, cuya virtud reside en promover cambios en el orden de los derechos político-culturales de las sociedades pero sobre la base del ejercicio práctico de esos derechos y al despliegue autónomo de las lógicas organizativas comunitarias indígenas no subsumidas al orden estatal.
Pero donde quizá es más posible apreciar el aporte del zapatismo a los movimientos sociales indígenas en particular y a los movimientos sociales en general es en su capacidad de irradiación, de diálogo y renovación de los canales de articulación horizontal con otros sectores sociales no indígenas y subalternos de la sociedad.
Alianzas. Los indios como espejo de la subalternidad
La condición contemporánea tanto de la exclusión como de la explotación del mundo indígena a manos de las políticas etnocidas de los estados nacionales latinoamericanos permite ubicar a los indios no sólo como una excepcionalidad de algunas zonas deprimidas del continente, sino ante todo como la realidad y la metáfora viva de la subalternidad en general, cualquiera sea ésta, obrera, emigrante, campesina, desocupada, artesanal, etc.
Ellos son parte de la energía social expropiada con la que se ha construido el capital y la vigencia de lo que aún se resiste a ser capital y, por tanto, son también un espejo donde todas y todos que se resisten a ser capital pueden verse. El zapatismo ha tenido precisamente la capacidad de habilitar unos repertorios simbólicos y discursivos desde la indianitud armada que ha permitido a los no indios de México y el mundo que resisten a mirarse a sí mismos, en sus fuerzas y debilidades, a través del rostro y la historia de los indios.
El lenguaje de la dignidad tan fuerte en el discurso zapatista, más que una apelación moral de rebeldía es una politización universalizada de la resistencia india que permite a los múltiples sujetos subalternos reconocerse en la lucha indígena, sin por ello perder su personalidad, su autonomía y sus diferencias radicales. Esto ha inaugurado un tipo de articulación social de la resistencia no hegemonista, pues no se postula a ninguna nueva vanguardia social en torno
a la cual todas otras colectividades deberían subordinar sus luchas. Lo que ha hecho el zapatismo es visibilizar a un sujeto social, los indios, que desde allá del subsuelo de la historia y la modernidad es capaz de ofrecer sus experiencias y sus luchas como un asidero más de las luchas y las esperanzas de aquellos que se oponen a la imperialización del mercado y la cultura.
Con ello, a su modo, el zapatismo ha invitado a reinventar los modos de vinculación y colaboración descentralizada de los movimientos sociales, de la clases desposeídas y de los activistas, rompiendo el tradicional aislamiento rural de los movimientos indígenas del continente y ayudando a construir un tipo de “sociedad civil” que, por encima de los estados, es capaz de comunicar y comprometerse con luchas sociales en distintas partes del planeta. Esta nueva forma de irradiación social zapatista capaz de interconectar por períodos y de manera puntual a los otros segmentos sociales urbano-rurales no indígenas ha tenido en la palabra a un medio privilegiado de promoción. Pero no se trata de cualquier palabra, ni mucho menos de la clásica arenga izquierdista de clasificación, valoración y mando.
En el zapatismo, la metáfora y la narrativa de la subjetivad productiva han dado nacimiento a un modo de comunicación que más que apelar a la fuerza de la fe transformadora, ha recurrido a la razón de la esperanza histórica como convocatoria a la acción y el compromiso. Así, el zapatismo ha logrado sustituir los justificativos de la lucha, anteriormente anclados en un destino ineluctable de las “leyes de la historia”, por las razones poetizadas y politizadas de la creatividad cotidiana de los excluidos.
Esta fuerza innovadora del discurso susceptible de tender puentes dialogantes inter-clasistas en México e inter-nacionales con movimientos sociales del mundo, ha contribuido notablemente a erosionar el predominio autoritario de la vulgata liberal planetaria; sin embargo, ello no debe hacernos olvidar la propia especificidad histórica del zapatismo que ha ayudado a consolidar esta influencia. Se trata de un discurso y de una acción colectiva de lo que se podría calificar, en el contexto de las ideas contestatarias al orden liberal vigentes en ámbitos académicos, sindicales y de solidaridad externa, de una “minoría virtuosa” por su ubicación y proyección social. El zapatismo ha surgido al interior de una minoría cultural históricamente excluida (los indios) capaz de evocar la solidaridad inmediata; lo suficientemente radical como para polarizar posiciones (insurgencia armada) frente al orden institucional dominante, pero dispuesta a cambiar los métodos de lucha (iniciativas de paz); cercana a las estructuras de poder planetarios (EE.UU.), pero sin riesgo de desestabilizar radicalmente las estructuras de poder internas y externas. Esta extraordinaria ubicación entre la insurgencia radical y la limitación estructural de la presencia indígena mexicana
ha permitido al zapatismo un conjunto de lazos, simpatías sociales y apoyos internos como externos que, bajo otras circunstancias hubieran sido más difíciles de logr a r. Esto también posiblemente ayude a explicar algunas de las reflexiones que el zapatismo, y algunos intelectuales cercanos a ellos, han promovido en torno al tema del poder.
La potencia e impotencia del poder
¿Cómo escapar a lo que parecería ser un fatalismo de las luchas revolucionarias contemporáneas de enfrentarse a las estructuras de dominación política para, una vez desplazadas las antiguas elites del poder, reconstruir nuevas relaciones de dominación a la cabeza de las antiguas vanguardias insurgentes? Este es quizá el síndrome de la generación de fin de siglo que vio como es que, independientemente de la vía, armada o electoral, los partidos contestatarios y las guerrillas con base popular que se enfrentaban a los esquemas de poder prevalecientes, una vez en funciones de gobierno reconstituían, en aras de la “defensa de la revolución”, la oligarquización de las decisiones políticas mediante el reforzamiento de la vieja maquinaria estatal que usurpaba la toma de decisiones a manos de la sociedad por la voluntad del “partido”, de los “comandantes” o los “dirigentes” que venían así a cambiar simplemente los rostros de las burocracias estatales
reconstituidas en y por la “revolución”.
La consigna de la “toma del poder” ha sido el enunciado que ha resumido esta paradoja histórica: por un lado, la necesidad de los movimientos revolucionarios de apuntar sus energías de confrontación y resistencia hacia los mecanismos de dominación política centralizada (el Estado), a fin de arrebatar a las fuerzas conservadoras el control de los aparatos que monopolizan la direccionalidad de las relaciones sociales de dominación que atraviesan toda la sociedad, más allá y más acá del propio Estado, pero a su vez, el riesgo de que ese aparato estatal conquistado por los revolucionarios, los atrape en una lógica de la dominación que los llevara a que ellos hagan exactamente todo lo que anteriormente habían combatido de la antigua elite gubernamental desplazada. Claro, ¿cómo desmontar una estructura de dominación política por medio de la misma estructura? Este fue ya un tema inicialmente estudiado por Marx en su teoría de la subsunción del
trabajo bajo el capital, al mostrar cómo era que las técnicas productivas, al momento de la subsunción real, quedaban amalgamadas a una “intencionalidad social” capitalista que se adhería y formaba la propia materialidad de las cosas. Con mucha más razón en el Estado cuya materialidad es específicamente social.
Posteriormente al evaluar el significado de la comuna de Paris como “forma política descubierta” de la emancipación social, vio que la comuna era una “revolución contra el Estado” que permitió el proceso de producción de una “nueva máquina gubernamental” capaz de restituir a la sociedad las funciones expropiadas por el Estado parasitario.
En Marx, el poder Estado se presenta como una dualidad entre un componente maquinal de funciones, jerarquías, conocimientos, normas y un componente relacional de monopolios, tolerancias, actitudes y comportamientos que consagran la apropiación de decisiones político-administrativas por unos profesionales del poder que dan lugar al Estado. La emancipación por tanto, es también un problema relacional y maquinal que al manifestarse no disuelve las relaciones de poder sino que las diluye y reduce a relaciones de gobierno en las que la sociedad comienza a darse sus propios fines. De ahí también la importancia que Gramsci le asignó a la construcción social de la hegemonía, de la reforma moral e intelectual como modos relacionales de un tipo de energía política capaz de permitir la sustitución de la vieja máquina estatal por una que, a decir de
Engels, “no es ya un Estado en sentido estricto”.
Sin embargo, las nuevas revoluciones sociales lanzadas a “la toma del poder” a la larga darán mas “Estados” que comunas y más tomas de las antiguas máquinas estatales que nuevas máquinas de gobierno capaz de restituir en la sociedad las funciones gubernamentales privatizadas por una casta de funcionarios profesionalizados. El zapatismo toma nota de este entrampamiento de la historia de las luchas revolucionarias del último siglo y postulará de manera tanto práctica como teórica, la necesidad de transformar el mundo sin aspirar a tomar el poder, como un modo de superar la desdicha de vanguardias conversas en burócratas de un nuevo estado de dominación.
Independientemente de las posibilidades de superar este fatalismo histórico mediante esta vía, el zapatismo ha puesto en tela de discusión crítico-práctica el tema de los modos de realización de la emancipación social que, tal como fueron desplegados durante el siglo XX, han mostrado limitaciones y fracasos. En el fondo, con un nuevo lenguaje y las experiencias fallidas de 130 años, los zapatistas vuelven a plantear el problema central de toda revolución: el poder. ¿Es posible cambiar el orden relacional y maquinal de la dominación estatal apoyándose en esa misma estructura estatal? O, si se prefiere, en el viejo lenguaje de Marx, ¿cuáles son las condiciones de posibilidad de “destrucción del poder del Estado”?
El cambiar el mundo sin tomar el poder propuesto por el zapatismo, abre una vía crítico-práctica de involucramiento con esta temática central de cualquier intento de emancipación social. El que este nudo histórico de las luchas sociales haya podido ser planteado de manera tan aguda por el  zapatismo, ha dependido de varias circunstancias específicas. La primera, que la insurgencia zapatista tanto en el plano discursivo, como en el organizativo y militar ha estado sustentada en una maquinalidad social, la indígena, histórica y materialmente diferenciada de las redes estatales.
La lógica organizativa que ha sostenido logística y políticamente la sublevación tiene unas características comunitaristas que permiten visualizar un régimen de toma de decisiones y de gestión de lo social no estatal. En ese sentido, el “cambiar el mundo” que invocan los zapatistas tiene una materialidad social comunitaria estrictamente no estatal que la hace verificable en el ámbito zonal y regional. En qué medida esto podría irradiarse nacionalmente a otros sectores sociales cuyas condiciones de vida están subsumidas técnicamente en la lógica industrial y estatal, es algo que todavía está por verse.
De igual manera el hecho de que la fuerza indígena del zapatismo socialmente sea relativamente minoritaria en la sociedad mexicana, hoy por hoy convertida junto con Brasil en las ciudadelas obreras del continente, imposibilita un triunfo estrictamente indígena. En tal sentido, la renuncia a la toma del poder, mas no a cambiar el mundo, tiene que ver entre muchas otras cosas, con los hechos prácticos de la propia cualidad de los repertorios indígenas de la sublevación, pero también con la propia limitación histórica de una rebelión india en medio de una sociedad mayoritariamente mestiza. Con todo, como no había sucedido en las últimas décadas, el zapatismo ha permitido plantear con una actualidad sorprendente las condiciones de posibilidad y necesidad de ir mas allá del legado revolucionario del siglo XX en cuanto a hallar las maneras y vías de acción colectiva capaces de viabilizar la reapropiación por parte de la sociedad laboriosa de todas aquellas funciones públicas expropiadas por el Estado. En esto, el zapatismo es una de las experiencias contemporáneas más lúcidas para trabajar esa esperanza.



[1] Actual vicepresidente de Bolivia. Matemático, investigador social y docente de sociología en la Maestria de Ciencias Políticas en la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz. Este articulo ha sido publicado en: Observatorio Social de América Latina 12 (septiembre-diciembre 2003).

Hugo Blanco. Avance del movimiento indigena peruano.

AVANCE DEL MOVIMIENTO INDÍGENA EN LA LUCHA CONTRA EL SISTEMA
por Hugo Blanco


RECUENTO SUCINTO DE LAS LUCHAS INDÍGENAS EN LAS ÚLTIMAS DÉCADAS

Es necesario estudiar los avances de las luchas indígenas en México, Bolivia, Ecuador y otros países hermanos porque su influencia en nuestro país será muy importante.
Pero también es valioso mirar al Perú:
A inicios de los 60 se dio la heroica lucha de los comuneros de Pasco contra la usurpación de sus tierras por la empresa yanqui “Cerro de Pasco Cooper Corporation”, hubo masacres policiales en apoyo a la empresa. Las novelas de Manuel Scorza tratan de esa lucha. Ahí surgió el grito de “¡Tierra o Muerte!” tomado después por nosotros.
En esa misma época se desarrolló nuestra exitosa lucha en la zona semi-selvática de La Convención en el Cusco, que terminó con el sistema de haciendas (latifundios) instaurado por la invasión europea y que continúo intacto durante la república, hasta que nosotros iniciamos su liquidación. Tuvimos que recurrir a la autodefensa armada para defender la tierra reconquistada. Aunque la represión aplastó dicha autodefensa armada, el gobierno militar se dio cuenta de que si al comienzo de la represión habíamos respondido en esa forma, si obligaba al campesinado indígena a que volviera a trabajar para los hacendados, la resistencia armada iba a ser mayor, por eso decidió legalizar la reforma agraria hecha por nosotros, pero sólo en la zona, poniéndole el límite de “mínimo inafectable”, lo que en pocas haciendas el campesinado indígena le permitió imponer.
Se habla del “fracaso” de esa lucha porque no llevó al derrocamiento del poder político, eso era imposible sin la participación de otras zonas rurales y de la clase obrera y el resto de la población urbana. El movimiento no fracasó, pues no luchaba por el derrocamiento del régimen político, lo hacía por la defensa de su tierra (aunque en mi cabeza haya estado lo otro), esto se ve claramente en nuestro lema: “¡Tierra o Muerte!”
Luego el campesinado indígena de varias zonas del país inició la toma de tierras que fue respondida a balazos por el gobierno civil, pero ni las balas detuvieron las tomas, entonces los militares decidieron capturar nuevamente el poder y hacer la reforma agraria a nivel nacional.
Naturalmente el campesinado indígena vio con simpatía la liquidación del sistema de haciendas, pero hubo rebeliones ante la demora del proceso y también por la falta de respeto del gobierno del general Velasco al ayllu, pues en muchos casos, el régimen, en lugar de entregar las tierras a los ayllus fabricó enormes cooperativas burocráticas. Esta lucha por la reivindicación del ayllu ancestral contra las grandes cooperativas corruptas fabricadas por Velasco, fue intensa hasta los años 80 contra el anterior gobierno de Alan García, el actual presidente (tuve la suerte de participar en ella).

Hay dos grandes avances en la lucha indígena de los últimos tiempos:
Uno es el surgimiento y fortalecimiento de las rondas campesinas o comités de autodefensa. En las zonas donde no había comunidades, en el norte, luego de haber surgido como organización para defenderse de los ladrones de ganado protegidos por el Poder Judicial y la policía, han extendido sus actividades a los otros aspectos sociales que tienen las comunidades campesinas, son la organización campesina que se ocupa de la justicia interna, los trabajos colectivos y el desarrollo colectivo en todos los aspectos. En las zonas donde subsistía el “ayllu” o comunidad campesina son una función dentro del “ayllu” que se ocupa de la protección contra los ladrones y de la justicia interna.
Los zapatistas dicen que no se trata de tomar el poder sino de construirlo, ésta es una forma de construcción de poder alternativo, es el desplazamiento cada vez mayor de los corruptos Poder Judicial y policía y el ejercicio de sus funciones por la colectividad en forma democrática.
El otro gran avance es la extensión de la democracia comunal a nivel de municipio. El alcalde tiene cada vez menos poder, éste pasa cada vez más a la colectividad. Este fenómeno que se dio en forma fuerte en el distrito indígena de Limatambo y la provincia de Anta, Cusco, se va extendiendo geográficamente en diversos grados.
Así como en el caso de la reforma agraria que iniciamos en La Convención, en estos casos también el poder del sistema ha tenido que retroceder legalizando ambos avances, pero pretendiendo quitarles fuerza. Cuando surgieron las rondas campesinas, el Poder (ejecutivo, legislativo, judicial, policial, prensa, etc.) hizo un gran escándalo, calificándolo de “usurpación de funciones” que cometía “secuestros” y reprimiéndolo con encarcelamientos. A pesar de la represión esas organizaciones se extendieron geográficamente obligando al sistema a dar la “Ley de Rondas Campesinas” que estipula la obligación de dar a las autoridades la relación de los “ronderos”, esto es rechazado y muy pocos acatan.
En cuanto a los municipios el Poder agregó en la ley el concepto de “presupuesto participativo”, aunque pone requisitos para la presentación de proyectos difícilmente alcanzables por la población indígena.

El desarrollo de la lucha armada de Sendero Luminoso tiene su explicación en el rechazo del sistema por la población indígena y mostró que hubo muchos, fundamentalmente jóvenes, dispuestos a entregar su vida para acabar con el putrefacto sistema de exclusión que nos oprime.
Las profundas discrepancias principistas y metodológicas que tengo con Sendero Luminoso no me nublan la mirada para impedirme ver eso.
Precisamente se debe a ello y al racismo del sistema que la gran mayoría de los 70,000 muertos de la guerra interna fueran indígenas.
Esa masacre durante 20 años entre cuyas víctimas se cuentan luchadores autóctonos que nada tenían que ver con SL, explica el debilitamiento del movimiento indígena peruano y su actual retraso frente a Bolivia y Ecuador.
Paradójicamente, la derrota de SL también se debe a la población indígena, el verticalismo de SL que designaba a quién iba a mandar en la comunidad chocaba con la metodología democrática del “ayllu”, además dicha población se hartó de las masacres por SL de indígenas que eran calificados como enemigos por esa organización.

Hablemos de algo muy diferente a la guerra interna, el último proceso electoral. El mapa de la votación nos indica que la población indígena votó contra el sistema. No quiero decir que Ollanta Humala hubiese acabado con éste, probablemente se hubiera arrodillado ante el neoliberalismo como el ecuatoriano Gutiérrez, lo que interesa para el análisis de la actitud indígena es cómo veía dicha población a Humala: como la candidatura antisistema.
Además debemos reconocer que aunque la compra de candidaturas a Humala llevó a Torres Caro y otros negociantes de su calaña al parlamento, también, para jalar votos, el militar llevó a dirigentes mujeres indígenas combativas como Hilaria Supa, Nancy Obregón y Juana Huancahuari, quienes jamás hubiesen figurado en las listas de izquierda. Su presencia, entre otras cosas, está llevando saludablemente a la superficie el profundo racismo del sistema.

Se da muchos casos de fuerte lucha indígena contra la corrupción, por mayor control social de las autoridades. Dos de ellos que trascendieron al conocimiento nacional por el escándalo de las muertes, fueron los de Ilave y Azángaro en Puno. Las calumnias de la prensa al movimiento indígena ocultan que los acontecimientos no fueron sino expresiones extremas de largas luchas de esos pueblos contra la corrupción de las autoridades del sistema.
Son muy importantes las fuertes luchas contra la gran minería imperialista depredadora.
En las movilizaciones contra el TLC el movimiento indígena y campesino en general han sido los baluartes.
Últimamente ante la actitud valiente de la parlamentaria Hilaria Supa que se negó a juramentar en un idioma que no era el suyo y las reacciones racistas de otros miembros del Parlamento y la prensa, el Congreso se vio obligado a poner traductor y dar una ley contra el racismo.

Desafortunadamente lo aquí relatado no es visto por la gran mayoría de luchadores urbanos ni por los compañeros intelectuales, incluyendo los que nos quieren mucho, quienes se lamentan porque “En el Perú desgraciadamente no hay movimiento indígena, los brotes aislados no tienen importancia, son esporádicos, no están coordinados”, etc. La realidad se da como se da, no como ellos quisieran que se dé, por lo tanto no es importante.
La lucha en La Convención no comenzó como lucha por la tierra, fue un proceso que se inició por reivindicaciones menores: Solicitar que el patrón no maltratara físicamente a los campesinos, que se cumpliera la ley de 8 horas de trabajo, que disminuyera la cantidad de días que debían trabajar para el hacendado, que no les obligaran a vender sus productos al patrón ni a comprarle mercancías, etc. Comenzó así, terminó haciendo la reforma agraria y defendiéndola con las armas en la mano.

Ahora, un grupo, con mayoría de cusqueños, que editamos mensualmente “Lucha Indígena” vemos la dinámica del movimiento indígena peruano, continental y mundial, comprendemos su importancia para la construcción de otro Perú dentro del otro mundo posible por el cual luchamos. Nos esforzamos por contribuir con hacer conocer esa dinámica en nuestro país, colaborar en su extensión, su continuidad, su coordinación, etc. Estamos en el número 6 del periódico, no sabemos cuántos números más saldrán pues tenemos dificultades económicas, no recibimos dinero de ninguna ONG, hay compañer@s que comprendiendo eso nos ayudan económicamente. Solicitamos el apoyo, fundamentalmente económico y con la difusión del mensuario, de quienes consideren que el trabajo que realizamos es positivo.

VANGUARDIA DE LAS LUCHAS POPULARES PERUANAS

La clase obrera es la vanguardia en los países industrializados porque “no tiene nada que perder, sólo su miseria” y la única forma de liberarse definitivamente será la colectivización de los medios de producción, las fábricas.
En el Perú el neoliberalismo ha atacado fuertemente al proletariado arrebatándole la estabilidad laboral.
El rol de nuestro país en la división internacional del trabajo hace que no se industrialice y por lo tanto, el ser obrero, a pesar de los miserables salarios, es un privilegio ante la grave desocupación. Actualmente en el Perú el obrero tiene mucho que perder: un trabajo permanente que es ya un privilegio.
En este país, el campesino en general, especialmente el comunero, está económicamente por debajo del obrero. No es un pequeño burgués del campo como el campesino europeo.
El comunero, a pesar de la gran presión individualista del sistema y del ataque al “ayllu”, continúa manteniendo las costumbres colectivistas de este organismo: La “faena” es el trabajo colectivo para beneficio colectivo. El “ayni” es el trabajo colectivo para beneficio individual que se practica rotativamente en las tareas agrícolas de los comuneros. La “mink´a” es la súplica que se hace solicitando un servicio, que en casos mayores va acompañada de un obsequio.
El campesinado indígena extiende el colectivismo geográficamente como sucedió en el municipio del distrito de Limatambo y ahora de la provincia de Anta y en menor grado en muchos otros municipios rurales, algo con lo que ni sueñan los habitantes de los barrios aristocráticos de Lima. Hay comuneros que piensan que así debieran funcionar el departamento y el país. Esto ven ellos como extensión del sistema de su milenario ayllu (en “occidente” a esto se le llama socialismo).
También extiende el colectivismo a otros ámbitos, como las actividades policiales y judiciales que ejercen las “rondas campesinas” o “comités de autodefensa”. Antes de la guerra interna el sistema de rondas se había extendido a los barrios marginales urbanos.
Hay otros aspectos de la extensión del espíritu del “ayllu” a los barrios marginales de las ciudades: Las zanjas para el agua potable, los parques y otros trabajos de beneficio colectivo se realizan colectivamente, en “faena”. Cuando una familia necesita dinero extra, por ejemplo ante la emergencia que significa la enfermedad de uno de sus miembros, hace una “pollada” (venta de trozos de pollo asado), los vecinos colaboran yendo a comer y pagar, cuando otro vecino haga una “pollada”, los que hicieron la anterior irán a consumir (es la versión urbana del “ayni”).

El movimiento indígena está a la vanguardia, no en el sentido amplio de que ha de ser guía del resto del pueblo oprimido (cada sector social será su propio guía; cada uno de ellos, a través de su lucha, forjará su propia dirección), está a la vanguardia en el sentido restringido de que es el sector más avanzando en la lucha contra el sistema y en la construcción de la organización alternativa de la sociedad. Contra el individualismo neoliberal, el colectivismo del “ayllu”.
Se enfrenta contra la principal potencia económica imperialista en el país en su lucha en defensa de “Pachamama” (la Madre Naturaleza), contra la minería depredadora del medio ambiente.
Los indígenas cocaleros, en defensa de “Cocamama” (la Madre Coca) se enfrentan a la penetración imperial yanqui y a sus sirvientes gobiernos que con la mentira de “coca=cocaína” usan el pretexto de “lucha contra el narcotráfico”.

El pueblo indígena es portador y defensor de una cultura que choca, se enfrenta con la cultura impuesta por el sistema:
  • El colectivismo contra el individualismo.
  • La defensa de Pachamama contra la depredación minera y de hidrocarburos.
  • El sistema agrícola indígena de cultivos asociados y rotación de cultivos, contra las normas de la “revolución verde” que mata el suelo al practicar el monocultivo, no aplicar la rotación de cultivos y usar los agroquímicos.
  • El uso benéfico y la defensa de la hoja de coca.
  • Lucha contra el TLC con EEUU que hunde a la agricultura nacional.
  • La medicina tradicional contra los negocios de los grandes laboratorios imperiales.
  • Los hábitos alimenticios con los saludables y nutritivos productos nativos.
  • El sistema de justicia indígena frente al corrupto Poder Judicial y a la podrida policía.
  • La música.
  • Las lenguas. Etc.

Es cierto que por la fuerte presión del sistema opresor racista hay gran aculturación: Indígenas que son individualistas, que usan agroquímicos, que prefieren las medicinas de farmacia, que por el precio se ven obligados a alimentarse de fideos y arroz, que se avergüenzan de nuestras lenguas, de nuestra música, de sus facciones, de sus apellidos, etc.
Reconocemos que es así, precisamente nuestra lucha consiste en reivindicar lo indígena, en combatir la deformación individual y social que significa la aculturación.

Por todas estas razones una tarea fundamental hoy, para lograr otro Perú, es apoyar el avance del movimiento indígena en sus diversos aspectos: En la recuperación de su política colectivista frente al individualismo neoliberal. En el respeto a “Pachamama” y el entendimiento de que nuestro gran tesoro es la biodiversidad. En el retorno a nuestros alimentos nativos, entre ellos la coca. En la práctica de nuestra medicina. En defender el derecho de las poblaciones indígenas a ser educadas en su propia lengua y a usarla. En defender el derecho de nuestros pueblos a ejercer su cultura en todos sus aspectos.

Cusco, setiembre del 2006

“El racismo es estructural e histórico”


"El racismo es estructural e histórico"

Rosalina Tuyuc

Rosalinda Tuyuc es una destacada lideresa maya responsable de la Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala. Ha ejercido anteriormente los cargos de diputada en el Congreso de Guatemala y  vicepresidenta de la Comisión de Comunidades Indígenas del Congreso.  Ella estuvo presente en el Foro Internacional contra el racismo y la Discriminación "Hacia un continente inclusivo" realizado por Chirapaq el 19 de septiembre de 2006 en el Centro Cultural Ricardo Palma de Miraflores (Lima-Perú).  A continuación reproducimos su intervención.

El tema del racismo involucra dos factores:

1. Estructural, porque el racismo de alguna manera lo ejercen los poderes del Estado, la inequidad en la distribución de los recursos a las zonas urbanas, en desmedro de las zonas rurales, los que da muestra de ello.

2. El factor histórico, porque durante toda la historia y la vida de los pueblos indígenas, jamás hemos podido ejercer el poder y hemos sido relegados, víctimas de la exclusión y el olvido.

Dentro de la sociedad, el racismo se practica de un modo soterrado, disimuladamente y muchas veces no se ve. No se sabe qué es el racismo y no hay conciencia de los efectos que ocasiona y del daño psicológico, físico y moral que se le hace al que es víctima. 

Creemos que la máxima expresión del racismo tiene como consecuencia en las masacres, los genocidios, las desapariciones forzadas y toda forma de matanza indiscriminada contra los pueblos indígenas.

Inclusive hoy en día, si bien las guerras han dejado de tener cabida en la sociedad, el estado de pobreza en que viven las comunidades originarias, el hambre, la desatención de parte del Estado, el no cumplimiento de las normas, siguen siendo esa expresión de racismo.

El racismo se manifiesta incluso en esta fase del neoliberalismo, porque afecta directa y estrictamente a la tierra y el territorio de las comunidades indígenas, con acciones solapadas y aparentemente imperceptibles.

Racismo y discriminación: ¿Cuáles son las diferencias?

• La discriminación es más general. La puede cometer o ejercer inclusive un indígena y puede ser por género, etnia, religión, discapacidad o por la forma de pensar.  Por ejemplo, las diferenciaciones que se hacen entre alguien que tiene formación académica y otra persona cuya formación intelectual es más limitada. Es algo que puede repercutir en el salario que uno y otro perciben.

• El racismo, en cambio, es más solapado y, a veces es invisible, por lo tanto, es más difícil de identificar y señalar.

Logros, carencias y demandas

En este escenario creo que es muy importante ver que nuestros gobiernos están comprometidos en combatir el racismo y la discriminación, aunque en algunos países hay leyes que los enfrentan; pero en muchas ocasiones no pasan de ser sólo letras plasmadas en papeles y frecuentemente los que las aplican desconocen su procedimiento, su metodología y su forma de combatir la exclusión a las poblaciones indígenas.

21 de Marzo - Día internacional para la eliminación de la Discriminación Racial

La discriminación ejercida por motivos de raza, género, religión, salud, o condición social, es un acto de exclusión que atenta contra la dignidad de las personas. Sin dignidad para todas/os, no hay posibilidad de construir justicia social, paz, ni verdadero progreso.  Las mujeres y pueblos indígenas entendemos que la discriminación no sólo es racial, sino que se manifiesta en múltiples dimensiones, por ello esperamos contribuir para que el 21 de marzo sea un día dedicado a reflexionar buscando estrategias para combatir toda forma de discriminación y racismo.

El Perú es una sociedad profundamente fracturada por todo tipo de exclusiones, una de ellas, acaso la principal, es la que se da debido a la diferencia cultural y étnica. Vivimos cotidianamente un racismo ambiguo, solapado, tan incorporado en nuestro subconsciente que simplemente parece natural.  Muchas personas que aprendimos a pronunciar las primeras palabras en alguna lengua indígena, tratamos de desprendernos de ella, y de todo lo que conlleva, como si se tratase de un defecto que nos avergüenza y no de un bien preciado que debemos proteger. Nuestra población es mayoritariamente indígena, mestiza y afrodescendiente; no se reconoce abiertamente como tal, prefiere recurrir al ideal del mestizaje para elaborar todas las repuestas.  El problema es mucho más complejo y desafiante: no somos iguales, somos inmensamente diversos, y precisamente por ello, inmensamente ricos. 

El largo camino empezado por Chirapaq en la lucha contra el racismo y la discriminación se inicia con  su creación en 1986. Con la formación del Taller Permanente de Mujeres Indígenas Andinas y Amazónicas del Perú-TPMIAAP en 1995, poco antes de su participación en la Conferencia Mundial de Mujeres en Beijing (1995), se iban definiendo y precisando los derroteros: iniciativa pionera en su género, promueve el reconocimiento y el intercambio de experiencias entre mujeres andinas y amazónicas, y sobretodo la formación de lideresas indígenas para que tengan presencia en  los diferentes ámbitos de la democracia participativa. Esta fue la ruta elegida por Chirapaq para propiciar el desarrollo de una conciencia ciudadana que no sacrifique la identidad propia, sino antes bien, la legitime y propugne con orgullo, poniendo en primer lugar a sus principales preservadoras: las mujeres. Una de las preguntas principales del TPMIAAP fue: ¿Por qué los pueblos indígenas somos discriminados y por qué estamos excluidos?.

Sobre el blog.

Este blog nace por la inquietud de entender el movimiento indigena, por impulsarlo en los paises andinos. Pero tambien relacionarlo con otros movimientos para construir una propuesta socialista desde nuestra particularidad latinoamericana. Pero no es solo ver al moviemiento indigena como algo no occidental, vivimo en paises donde hubo un proceso de mestizaje, donde la identidad esta en constante construcción. Pero aun así, son paises donde la raza(dejando el debate sobre la si existen razas para despues) coincide con clases sociales.